Gustavo Esteva Figueroa – « El cuidado de la casa común »

Gustavo Esteva Figueroa

«El cuidado de la casa común»

Introducción

¿Cómo cuidar una casa que arde? ¿Qué hacer con quienes la siguen incendiando? ¿Por dónde empezar? ¿Con quién?

Arde el planeta, no sólo el Amazonas. “Cambio climático” o “calentamiento global” resultan ya meros eufemismos. Es un colapso climático. El clima que teníamos ya no está ahí y poco sabemos del que está emergiendo. Es, además, una tragedia climática. Encoge el corazón tomar conciencia de lo que se ha perdido para siempre, la cantidad de especies y paisajes que han desaparecido.

¿Cómo cuidar la casa nuestra que se sigue cayendo a pedazos a nuestro derredor?

Se denuncia cotidianamente a corporaciones y gobiernos, a culpables identificados. Pero todxs[1] somos responsables; nuestro modo de vida destruye la casa común. 

La magnitud de la tarea produce parálisis, pero también genera una inmensa variedad de iniciativas y acciones. Es ya imposible clasificarlas; se están tomando en el mundo entero, a todas las escalas, en todos los niveles. 

Intento aquí acotar y comparar dos estilos de acción contrapuestos, que definen en forma muy distinta lo que significa ocuparse de la casa común.

1. La manera Greta

No hay duda del talento, valentía y decisión de Greta Thunberg. Con su mensaje sencillo y directo logró impulsar a millones de personas a ocuparse de la casa común.

Su mirada se dirige a las autoridades. Desde el primer momento la lanzó hacia arriba: exigió al parlamento sueco que su país se adhiriera al Acuerdo de París. Ha ampliado la mirada, pero mantiene su dirección. Esa postura se explica porque asumió las hipótesis del Acuerdo y su supuesto principal: que los gobiernos pueden y deben remediar la crisis actual. 

Millones de personas comparten esa actitud. Es útil recordar cómo se formó. 

Las movilizaciones que detonó el informe del Club de Roma, en 1972, ampliaron la conciencia pública sobre el estado de cosas. Los ambientalistas ejercieron presión sobre gobiernos e instituciones y se prepararon para una gran batalla en 1992, cuando tuvo lugar en Río de Janeiro la Cumbre de la Tierra.

La inmensa difusión de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo fue uno de los motivos para organizarla: extendería y profundizaría la conciencia sobre los predicamentos ecológicos del planeta. En realidad, profundizó la confusión y la incertidumbre. Después de que las aguas de Río volvieron a su cauce, cuando regresaron a casa 120 jefes de Estado, más de ocho mil delegados oficiales y un sinfín de ecologistas, periodistas y turistas, quedó claro que la Conferencia sólo había afianzado la mitología ecológica dominante. 

Se cumplieron los presagios pesimistas que se habían formulado antes de la Cumbre. Río sería escenario de una hábil estafa. La ecología, que había convocado a las voces del cambio y la lucha social, quedaría en manos de “los grandes y los buenos”, que tendrían nuevos artículos de consumo que vender, ahora con envoltura verde. El planeta sería puesto en manos de sus enemigos. En la Cumbre no se trataría de salvar a la Tierra, sino de proteger intereses creados. 

“Tras llegar a la cumbre, todo camino es descenso”. Esta brillante imagen de Juan José Consejo [2] caracteriza bien la perspectiva del ecologismo después de la Cumbre de la Tierra. El lema que unía a quienes buscaban cambiar el rumbo de la sociedad hacia patrones de vida más sensatos, empezó a llevar agua a un molino que ya no era el suyo. La Cumbre hizo evidente que muchas políticas y acciones realizadas en nombre de la ecología avanzaban en sentido contrario al que pretendían. 

La crítica radical de la sociedad industrial, que inspiró inicialmente a los “verdes” en todo el mundo y logró permear a amplias capas de la sociedad, fue progresivamente cooptada por los establecimientos dominantes. En Río se convirtió en su negación, en un expediente más para mantener la carrera sin destino de un industrialismo destructor de la naturaleza y la cultura. 

El resultado más claramente frustrante fue la globalización de la ecología. El énfasis en los “problemas globales”, como el efecto invernadero, la destrucción de la capa de ozono o la desaparición de las selvas, revivió el mito mecanicista del gobierno o manejo de la naturaleza, a escala global, en torno a la nueva metáfora de la Tierra como “totalidad cibernética”. Tal énfasis exigió desde entonces “soluciones globales”, que tendrían que confiarse a políticos, empresarios y técnicos capaces de concebirlas e implementarlas. 

En ese contexto, dentro de la mentalidad de la ecología global y de remedios globales a cargo de quienes mandan, nació Greta Thunberg.

2. Aprender de la experiencia

Nada se ha aprendido en las esferas gubernamentales. Se repite el evangelio de hace 30 años. La COP25, en Madrid, resultó un pálido remedo de la Cumbre de la Tierra. Representantes de 196 gobiernos reconocieron la ineficacia de lo que prescriben y acuerdan. Las emisiones de gases de efecto invernadero, por ejemplo, que siguen presentándose como el enemigo a vencer, llegarán en 2019 a su nivel más alto. No ha habido reducción alguna, a pesar de acuerdos y compromisos universales…que volvieron a repetirse en Madrid. 

La administración mundial de la crisis ecológica fue en 1992 la respuesta de los gobiernos a los movimientos ambientalistas. Nadie se ha animado a describir esa tarea con alguna precisión, pero el catecismo que la inspira se sigue pregonando a los cuatro vientos. Guía políticas y programas, aunque desconozca las raíces de los predicamentos actuales. En vez de la crítica radical de la sociedad industrial, patriarcal, capitalista, estatista y antropocéntrica, que permeaba ya la conciencia pública desde la década de 1970, se ha instalado un evangelio que intenta rescatarla de sus contradicciones. 

Del mismo modo que en 1992 se encomendó la “salvación del planeta” a los principales agentes de destrucción, se apela ahora al espíritu desmesurado del hombre moderno, a su ciega fe en la tecnología y a su vocación de obediencia. La doctrina de la eficiencia pretende sustentar el empeño: si todas y todos ahorramos energía, aprovechamos bien los recursos y combatimos el desperdicio, guiadxs y controladxs por nuestras autoridades, podremos tener el pastel y comérnoslo: proseguir la carrera enloquecida del modo industrial de producción sin destruir la Tierra. 

A ras del suelo, en cambio, la gente aprendió. La sordera de arriba minó desde 1992 la confianza en gobiernos e instituciones. Voces muy distintas a las oficiales se escucharon también en Río, a veces como meros susurros en los pasillos. Hablaron de ecologías más locales, más femeninas. Insistieron en seguir su propia inspiración, afianzados en sus ricas y diversas culturas, en vez de perseguir el espejismo del futuro común pregonado por los ecócratas y su gobierno planetario. Se deslindaron radicalmente de los emblemas universales, sobre todo de los asociados con el desarrollo. Mostraron que los predicamentos ecológicos no son asuntos meramente tecnológicos o morales y que ponían en peligro los logros de la civilización moderna.

Los grupos de base resistieron la pretensión globalizadora, decididos a enfrentar a los nuevos misioneros que en nombre de la salvación de la Tierra seguirían amenazando tierras y culturas. Exigieron localizar los predicamentos ecológicos, identificando los espacios en que se originan y pueden ser corregidos. Hicieron ver que lo único que se puede hacer a escala del planeta es destruirlo. Mostraron que el pensamiento global es en realidad imposible. Es preciso pensar en pequeño. Sólo la acción local puede ser efectiva para corregir el rumbo.[3]

A ras de tierra avanzó desde entonces un redescubrimiento radical del suelo propio, de los espacios y horizontes de cada grupo. Se abrigó una nueva esperanza y empezaron a tomar forma nuevas avenidas de pensamiento. 

3. La insurrección en curso

El 6 de diciembre de 2019, en la Cumbre del Clima en Madrid, jóvenes y pueblos indígenas levantaron la voz y expresaron su hartazgo y su rabia. No están dispuestos a seguir oyendo promesas huecas y sin contenido. Seguirán presionando en las calles “hasta que en vez de oírnos nos escuchen de una vez”[4]. Pero ya están en otra cosa.

Los movimientos anti-sistémicos que despertaron con el levantamiento zapatista de 1994 formaron en el siglo actual nuevas olas de demostraciones populares. Expresaron en forma articulada la diversidad de los descontentos con el sistema dominante, particularmente con la democracia de representación. ¡Que se vayan todos!, dijeron los argentinos en 2001. Diez años más tarde, los Indignados, en España, señalaron tajantemente: “Mis sueños no caben en tus urnas”, mientras los griegos advirtieron que no abandonarían las plazas que ocupaban hasta que “todos ellos” se fueran. Occupy Wall Street sostuvo con firmeza, en Nueva York: “Uno tiene demandas cuando cree que los gobiernos pueden satisfacerlas; por eso no las tenemos”. Desde octubre de 2018 los “chalecos amarillos”, en Francia, rechazan radicalmente todos los sistemas de representación. En 2019, las movilizaciones en Líbano o Haití tratan de deshacerse de todas las “clases políticas”. En el mundo entero, particularmente en América Latina, cunde la rebelión; “Instalaremos un gobierno paralelo”, dijo en Santiago de Chile el líder mapuche Aucán Huilcamán.[5] José Ángel Quintero, indígena añuu, señaló desde Venezuela: “La rebelión que proponemos comienza por la necesidad de recuperar nuestro propio corazón, lo que no es otra cosa que recobrar nuestro sentipensar con la tierra”[6].

Circuló, al mismo tiempo, una crítica radical del sistema dominante. Se mostró que el capitalismo había llegado a su límite interno: ya no podría reproducirse. Se constató que el estado-nación moderno, la forma política del capitalismo, se había desvanecido. Se hizo también evidente el carácter oligárquico de la llamada democracia de representación.[7]

Las contra-cumbres tomaron otro sentido en este siglo. Siguen siendo espejo crítico de lo que hacen gobiernos y agencias internacionales y además son dispositivos de organización. Activistas de Extinction Rebellion, por ejemplo, presentes en muchos escenarios, no quedan en la protesta.  Convencidos del fracaso de los enfoques convencionales y de la inutilidad de votar, cabildear y presentar peticiones, su estrategia “es desobediencia civil disruptiva, no violenta – una rebelión.”[8]

Greta Thunberg llegó a Madrid. Encabezó con otros adolescentes la Marcha por el Clima. Simbolizó un doble empeño: sin abandonar la presión pública sobre las autoridades, exigieron la acción directa. Quedarse en la mera exigencia fortalece el sistema que produce la destrucción. No podemos cuidar la casa común mientras ese sistema persista.[9]

3.1. El sentido antipatriarcal

La raíz principal del mal que enfrentamos se encuentra en el patriarcado, ya “normalizado” en la sociedad moderna. Desmantelarlo implica, ante todo, deshacerse del sistema jerárquico que lo define y de su compulsión por sustituir todo lo vivo con creaciones artificiales. Se conocen ampliamente las propuestas al respecto de lxs zapatistas y de lxs kurdxs en Rojava, pero han surgido muchas otras. Por ejemplo, el Movimiento Planetario por la Pachamama, lanzado en Alemania en 2010, intenta explícitamente proteger a la Madre Tierra y cuidar la vida. Muchas otras iniciativas, como Vikalp Sangam, en India, y Crianza Mutua, en México, instalan en el centro de la organización social el cuidado de la vida e insisten en la eliminación de toda jerarquía y todo sistema de mando, control y subordinación, desmontando las estructuras oligárquicas dominantes desde su base.

Se ha estado dando un giro radical al horizonte político de la lucha social. Como señaló brillantemente Yásnaya Aguilar, una mujer mixe, en un evento organizado por los zapatistas en abril de 2018, no se trata ya de luchar contra “un México sin nosotros” (sin los pueblos originarios) sino de un “nosotros sin México”. No es separatismo; no busca crear otro estado-nación tan patriarcal como los actuales. La “feminización de la política”, que Yásnaya también representa, no guarda relación con el reparto de cuotas entre mujeres y hombres. Es una conducción diferente de los asuntos sociales y políticos, que no se basa en principios jerárquicos y restablece el lugar central del cuidado de la vida.[10]

El ímpetu antipatriarcal implica también abandonar el camino del desarrollo, para dar lugar a muchas otras formas de afirmar buenas maneras de vivir y de romper con la mentalidad económica, dentro de concepciones como la comunalidad y la autonomía[11].

3.2. Sentido de la proporción

Las fluctuaciones económicas no son ya ciclos económicos sino ciclos de tamaño. La escala de las actividades económicas las coloca fuera de la posibilidad de control humano. Como respuesta a cada crisis, sin embargo, las instituciones incrementan la escala del control, agravando los problemas que pretenden resolver. En vez de la centralización y unificación, lo que se necesita es “cantonizar” la actividad económica[12]

Un ratón del tamaño de un elefante se caerá, por falta de proporción. Pasará lo mismo con un elefante del tamaño de un ratón. La proporcionalidad es un rasgo de los seres naturales y sociales. 

En la base social, la gente lo sabe por experiencia y sentido común. En vez de construir dispositivos u organizaciones de alcance nacional o internacional, se ocupa de lo que está dentro de su alcance. Construye acuerdos colectivos y comunales que recuperan el sentido de los límites y la proporcionalidad. Saben por experiencia que no pueden confiar en aparatos nacionales e internacionales. Adoptan un horizonte alternativo. 

Localización significa ir más allá del localismo y la globalización. Las iniciativas están localizadas, pero no encerradas en sus contextos. Se abren a núcleos semejantes para unirse entre sí y generar coaliciones y alianzas de mutuo aprendizaje, defensa, solidaridad y articulación política, sin adoptar perspectivas nacionales, internacionales o globales para guiar su acción. Usan estratégicamente sus conexiones para lidiar con sus continuos conflictos con las corporaciones o el Estado.

A medida que las iniciativas se superponen y se juntan, necesitan construir formas estables de interacción armónica a diversas escalas. Se están practicando para ello opciones que evitan estructuras burocráticas y centralizadas de poder. El Congreso Nacional Indígena de México, por ejemplo, que articula a miles de comunidades dispersas de diversos pueblos y culturas, adoptó el principio: “Somos asamblea cuando estamos juntos, somos red cuando estamos separados”. El Congreso ha estado en operación por 25 años, sin una oficina central, líderes o estructuras burocráticas. 

El punto crítico es reducir la necesidad de coordinación a escala nacional o internacional. La gente puede coordinarse en todos sus empeños, sin subordinación ni control, eliminando la necesidad de que algo o alguien la coordine. Esfuerzos colectivos más allá de la escala local no necesitan definir de antemano un cuerpo político o adoptar cierta doctrina o diseño. Los puentes se construyen cuando llega el momento de cruzarlos.

En mayo de 2019 se dio a conocer el Tejido Global de Alternativas, que se propone identificar y enlazar iniciativas que desafían el sistema dominante a escala local, regional y nacional, impulsando el aprendizaje mutuo, la solidaridad y la articulación política. Intenta contribuir a la formación de una masa crítica de iniciativas que reconstruyen la vida colectiva bajo nuevos principios.[13]

Del 6 al 11 de septiembre de 2019 se reunieron en Islandia activistas de muy diversos países para compartir estrategias políticas de los grupos de base, al defenderse colectivamente e interactuar armónica y convivialmente más allá de espacios locales, regionales y nacionales. Reflexionaron sobre el confederalismo democrático, el municipalismo libertario, el comunalismo y otras herramientas políticas, que retienen horizontalidad y elementos democráticos construidos en la base social.[14]

El Tejido Global de Alternativas y la reunión de Islandia ilustran los esfuerzos actuales por encontrar formas de vincular las iniciativas de la gente, sin construir estructuras burocráticas o representativas y evitando dogmas doctrinarios o tierras prometidas utópicas. 

3.3. Sentido común

Se acostumbra asociar el sentido común con actitudes sensatas y realistas, que no necesitan el filtro racional para ser aceptadas. Sentido común es el que se tiene en comunidad. Emana de normas compartidas por un grupo, que por lo general no tienen expresión escrita y son fruto de la experiencia acumulada a lo largo de la historia de ese grupo. Forman parte del sentido común, en casi todos los grupos, la preocupación por el bienestar de quienes los forman y el cuidado de la casa común.

Los patrones de comportamiento dominantes en las sociedades actuales están en abierta contradicción con el sentido común de la mayor parte de la gente. Un número creciente de personas ha tomado conciencia de que los patrones normalizados de pensamiento y comportamiento son destructivos y operan contra sus intereses, su bienestar y sus entornos. 

Las iniciativas y movimientos que actualmente proliferan aluden con frecuencia a la recuperación del sentido común.

3.4 Subsistencia autónoma

El movimiento de recuperación y regeneración de los ámbitos de comunidad (commons) es ya enteramente general. Revierte el cercamiento que dio origen al sistema dominante y prosigue su guerra contra la subsistencia autónoma.

Abundan ejemplos urbanos y rurales en el mundo entero. El caso más notable es quizás el de Vía Campesina (1993), la mayor organización popular de la historia humana. La organización está presente en todos los foros públicos internacionales relacionados con la alimentación y trata de influir en políticas públicas a escala nacional e internacional. Su acción principal, sin embargo, está en la tierra. Los campesinos que la forman llevan cotidianamente a la práctica su redefinición de la soberanía alimentaria: determinar por nosotros mismos lo que comemos y producirlo. Actualmente, pequeños campesinos, principalmente mujeres, alimentan al 70% de la población mundial, mientras el agronegocio, que controla más de la mitad de los recursos alimentarios del mundo, sólo alimenta al 30%[15]

3.5. Recuperación del suelo y la virtud

Se está generalizando la convicción de que sólo en espacios locales concretos puede florecer la virtud crítica que hace falta en las condiciones actuales. 

En 1992, muy lejos de la Cumbre, en un pequeño pueblo alemán, Iván Illich y sus amigos hablaban de cómo se estaba moldeando esa nueva virtud cívica sobre “la forma, el orden y la dirección con las que actuamos, informados por la tradición, atados al lugar y calificados por las elecciones practicadas dentro de nuestro alcance habitual”. Se trata de “las prácticas reconocidas como buenas dentro de una cultura local compartida que realzan los recuerdos de un lugar”. Con ellas puede resistirse a la nueva ecocracia, “a los expertos ecológicos que predican respeto por la ciencia, pero fomentan el desdén por la tradición histórica, el saber local y la virtud terrena, autolimitada”. 

La Declaración de Hebenhausen sobre el suelo puede verse hasta hoy como un acotamiento fascinante de lo que ocurre en la base social.[16]

La grieta abierta

Personas comunes, que exponen cotidianamente su libertad y su integridad física, “sostienen la condición humana en medio de la mayor precariedad, unidos en la entrega a los demás y en el deseo absoluto de un mundo más humano. Han comenzado a generar un cambio. (….) La tierra, así, va quedando preñada de su empeño”[17].


Notas

[1] Uso en este ensayo la ‘x’ para referirme a casos que abarcan más de un género.

[2] Apud. ESTEVA, Gustavo. “Prefacio” en THE ECOLOGIST. El nuevo ecologismo. Manifiesto de los ámbitos de comunidad. México: Editorial Posada, p. 9.

[3] Berry, Wendell. “Out of your Car, Off your Horse” en Atlantic Monthly (febrero 1991) 61-63.

[4] EDUCA, “25 años de Cumbres del Clima, sin resultados: Jóvenes e indígenas expresan su hartazgo”, 6 diciembre 2019 [9 diciembre 2019].

[5] Trujillo, Juan. “Chile: la revolución mapuche”, Red Latina Sin Fronteras, Desinformémonos (24 noviembre 2019) [11 diciembre 2019].

[6] Quintero, José Ángel. El último despojo después de la tormenta. Cambio climático, desaparición de la casa y extinción de la territorialidad añuu. Cuatro advertencias y un camino. México: Ediciones Unitierra, 2019, p. 17.

[7] Ver Esteva, Gustavo. New Political Horizons, en prensa.

[8] Extinction Rebellion [3 diciembre 2019].

[9] Greta se dio cuenta de que dirigirse sólo a las autoridades era pedir peras al olmo. Lo muestra la forma en que les habló en Nueva York. “Greta Thunberg to world leaders: ‘How dare you – you have stolen my dreams and my childhood’” en The Guardian (23 septiembre 2019) [9  diciembre 2019]. En Madrid fue aún más tajante: “Greta Thunberg: “Los líderes nos están traicionando y no vamos a dejar que eso siga sucediendo.” Europa Press (6 de diciembre de 2019) [9 diciembre 2019].

[10] Aguilar, Yásnaya. “Nunca más nosotrxs sin ustedes! ¡Un nosotrxs sin Estados!”, Pueblos en camino (11 diciembre 2019) [11 diciembre 2019].

[11] Ver para mayores elaboraciones y referencias sobre estos temas: Esteva, Gustavo. New Political Horizons.

[12] Kohr, Leopold (1992) “Size Cycles” en Fourth World Review 54 (1992) 10-11. Ivan  Illich, The Wisdom of Leopold Kohr, 1994 [9 diciembre 2019]

[13] URL: www.globaltapestryofalternatives.org [15 noviembre 2019].

[14] URL: https://democraticconfederalism.earth/contact-us/ [15 noviembre 2019].

[15] Mooney, Pat. La insostenible agricultura 4.0. Digitalización y poder corporativo en la cadena alimentaria. México: Grupo ETC, 2019. 

[16] Groeneveld, Sigmar et al. “La Declaración de Hebenhausen sobre el suelo” en Opciones 3 (1992), p. 16.

[17] Ernesto Sábato. Apud. Arsenio Rodríguez, “Breve encuentro con Ernesto Sábato. Una reflexión sobre el destino del mundo” Wall Street International en español (31 octubre 2019)  [9 diciembre  2019].


Autor

Gustavo Esteva Figueroa es un intelectual público desprofesionalizado y activista social.  Autor de numerosos libros y ensayos. Columnista de La Jornada. Colabora con la Universidad Iberoamericana, el Centro de Encuentros y Diálogos Interculturales y la Universidad de la Tierra en Oaxaca.

Dirección: Azucenas 610, Col. Reforma, Oaxaca, Oaxaca. 68050. México