Raúl Zibechi – « Acumulación por robo y violencia sistémica »

Raúl Zibechi

«Acumulación por robo y violencia sistémica»

Introducción

En la mayoría de los análisis que surcan el firmamento del pensamiento crítico, se puede comprobar una tendencia a escindir la economía de la política, la coyuntura de la estructura, como si fueran variables completamente separadas, perdiendo de ese modo el hilo sistémico en la comprensión del mundo. Existe cierto consenso entre los pensadores críticos, en aceptar la tesis de David Harvey sobre la acumulación por despojo como núcleo de la acumulación de capital en este período de decadencia del sistema-mundo[1]. Sin embargo, no contamos con análisis capaces de vincular el despojo de la madre tierra y de quienes la habitamos (la dinámica de lo que llamamos “economía”), con el sistema político denominado democracia representativa, como si ambas esferas fueran autónomas.

Algo similar sucede con las interpretaciones acerca de las violencias, desde los feminicidios hasta las matanzas de los grupos criminales, incluyendo las violencias estatales y paraestatales. Las más de las veces, se recoge la impresión de que esas violencias son episódicas o coyunturales, rehuyendo la posibilidad de considerarlas como parte indisoluble del sistema-mundo capitalista en su etapa actual. Del mismo modo, se aborda la democracia con la creencia de que sigue siendo la misma que funcionó en períodos anteriores al despliegue de la acumulación por despojo.

Por el contrario, pienso que estas insuficiencias analíticas son inseparables de la crisis del pensamiento crítico y lo constituyen, atado como está a su origen colonial/patriarcal en el Norte del sistema-mundo. O, como señala Frantz Fanon, un pensamiento nacido en la zona del ser que pretende aplicarse sin más a la zona del no-ser[2]. Buscaré, por tanto, comenzar a trazar algunos vínculos o puentes entre las diferentes variables del capitalismo actual, con la intención de avanzar en el diseño de miradas analíticas capaces de dar cuenta, de modo más integral, de nuestras opresiones.

¿Extractivismo o sociedad extractiva?

Lo primero que quiero abordar es la conveniencia de nombrar el sistema como “sociedad extractiva”, ya que el concepto de “extractivismo” aparece atado a la economía. Ni el extractivismo, ni el capitalismo, son modelos económicos. El capitalismo no es una economía, aunque hay una economía capitalista. El extractivismo no es una economía, son sociedades o entramados de relaciones sociales que van mucho más allá de la economía ya que abarcan todos los aspectos de una sociedad[3]

El extractivismo es un modelo de recolonización de nuestras sociedades o una reactualización modificada del hecho colonial. En esta dirección, voy a mencionar algunas características del modelo extractivista que abreva en diversos análisis.

En primer lugar, el extractivismo implica una ocupación vertical del territorio, ya sea a través de los monocultivos, la minería o los hidrocarburos. En segundo, establece relaciones asimétricas entre las grandes empresas transnacionales y los estados y las poblaciones. Desde un punto de vista estructural, el principal efecto del extractivismo ha sido “reinstalar unnuevo patrón de asimetrías económicas y geopolíticas a través de la creación de territorios especializados en la provisión de bienes naturales, intervenidos y operados bajo el control de grandes empresas transnacionales[4].

En tercer lugar, el extractivismo ha instalado economías de enclave, como sucedía en la Colonia. Esos enclaves no derraman riqueza sobre la población, porque son economías volcadas hacia exportación con una mínima relación con el entorno social[5].

El extractivismo es, en cuarto lugar, un ataque a la agricultura familiar y a la soberanía alimentaria. Además de las consecuencias ambientales, en particular sobre el agua, las comunidades pierden acceso a ciertas zonas de producción, la presencia extractiva fomenta la migración campo-ciudad y la redefinición de los territorios como consecuencia de la intervención vertical de las empresas que generen espacios locales transnacionalizados[6].

La quinta característica es la militarización permanente de los territorios. El extractivismo va de la mano de lo que el filósofo italiano Giorgio Agamben denomina “estado de excepción permanente”[7]. Allí donde se instala el modelo extractivo, las leyes, las protecciones legales a las poblaciones desaparecen. Entonces, este estado de excepción permanente es parte de este modelo.

Uno de los principales problemas de este modelo de despojo, es que ha sido administrado inicialmente por los gobiernos progresistas, lo que ha representado un hondo desconcierto para los pueblos explotados y oprimidos de América Latina. Peor aún, porque vino acompañado de un discurso descolonizador como el Suma Qamaña, el Buen Vivir, que habla incluso de la defensa de la vida y la naturaleza pero hace lo contrario. Los pueblos no se recuperan de semejante golpe en dos días. Es una nueva realidad que hay que asimilar y comprender.

En consecuencia, no es posible trazar alternativas sólo económicas al extractivismo/acumulación por despojo, ya que su núcleo es un poder concentrado de las elites. Salir de este modelo implica derrotarlo, construir nuevos poderes, una nueva cultura y relaciones sociales ancladas en modo de vida diferentes. En los discursos hegemónicos, se llega a considerar como extractivismo a lo que sucede en las minas o en los cultivos de soya y en sus consecuencias ambientales y sanitarias.

Debemos comprender que el modelo actual ha destruido la sociedad anterior, no sólo ha producido “reformas”, sino mutaciones muy hondas, abriendo paso a un proceso regresivo en la distribución de la tierra y de la riqueza global[8]. La democracia se debilita y en los espacios del extractivismo deja de existir; los estados se subordinan a las grandes empresas al punto que los pueblos no pueden contar con las instituciones para protegerse de las multinacionales.

Por estas razones, no es posible salir del modelo actual sin crisis, pero a su vez si no salimos, vamos hacia un conjunto de crisis sumamente destructivas: política, social, sanitaria y ambiental. Estamos ante un sistema, el modo de ser del capital en su período de decadencia, que incluye instituciones, que se manifiesta en la cultura de la apropiación y el consumismo; un modelo que ha destruido las formas tradicionales de sociabilidad y ha individualizado las relaciones humanas, a la vez que las torna dependientes del sistema financiero. El extractivismo está promoviendo una completa reestructuración de las sociedades y de los estados de América Latina. 

Acumulación por despojo o guerra contra los pueblos

Para comprender las consecuencias de la acumulación por despojo, es necesario compararla con el período anterior centrado en la acumulación por reproducción ampliada de capital, propia de la sociedad industrial. A diferencia del viejo modelo industrial, la sociedad extractiva excluye a una parte de la población, ya que no le ofrece ni siquiera un empleo digno, a una porción que oscila en torno a la mitad de la humanidad. Esa mitad precarizada, ingresa apenas un salario mínimo, no puede conseguir trabajos que le permitan alcanzar calificación profesional, ni una mínima estabilidad que les permita proyectar sus vidas más allá de la sobrevivencia. Empleos chatarra para personas descartables.

Mientras la sociedad industrial promovió el ascenso social de por lo menos tres generaciones, la sociedad extractiva compone historias de vida descendentes: los hijos tienen performances peores que las de sus padres y abuelos, y sus horizontes de vida se han estrechado. La única forma conocida de empeorarle la vida a media sociedad (desde esperanza de vida hasta un mínimo bienestar mensurable en estabilidad y calidad de las relaciones), es mediante una violencia generalizada.

Para controlar a esta población no integrable, el modelo de acumulación por despojo ha instalado un Estado de Policíaformalmente legal, pero dedicado a generar excepciones como criterio de gobierno para mantener a raya a las “clases peligrosas”, mediante una vasta gama de intervenciones que van desde la responsabilidad social empresarial –que avala la evasión impositiva– hasta la intervención policial/militar discrecional, dirigidas al control territorial armado, donde el cuerpo policial es encargado de administrar y gestionar cosas y cuerpos de modo exclusivo y excluyente (Ferrero y Job, 2011).

En la medida que el modelo actualiza la fractura colonial, observamos las diferentes formas como se viven las opresiones en la zona del ser y en la zona del no-ser (Grosfoguel, 2012). Los modos como se regulan los conflictos en cada zona son distintos: en la primera zona existen espacios de negociaciones, se reconocen los derechos civiles, laborales y humanos de las personas, funcionan los discursos sobre la libertad, la autonomía y la igualdad, y los conflictos se gestionan mediante métodos no violentos, o por lo menos la violencia es la excepción. En la zona del no-ser, a la que también se define como la línea debajo de lo humano, los conflictos se regulan por la violencia y sólo de forma excepcional se usan métodos no violentos[9].

En las zonas de hegemonía del extractivismo, donde no se reconoce la humanidad de las personas (pueblos originarios y negros y sectores populares), ellas están sometidas a lo que Benjamin consideraba “un estado de excepción permanente”. No pueden ejercer los derechos que ejerce la parte blanca/clase media de la sociedad. Los “favelados” de Rio de Janeiro y São Paulo no pueden ejercer libremente el derecho de manifestación, porque son sistemáticamente atacados por la Policía Militar con balas.

El “estado de excepción” no es un capricho de un mal gobierno, sino que obedece a razones estructurales, a un tipo de sociedad en la cual una parte de sus habitantes no tiene cabida, ni como productores ni siquiera como consumidores. En palabras de Agamben, el totalitarismo actual puede entenderse como “la instauración, mediante el estado de excepción, de una guerra civil legal, que permite la eliminación física no sólo de los adversarios políticos, sino de categorías enteras de ciudadanos que por cualquier razón resultan no integrables en el sistema político”[10].

Estamos ante una de las consecuencias de la crisis de la sociedad disciplinaria. En efecto, el desborde de los espacios de encierro (cárcel, hospital, fábrica, escuela, familia) creó la necesidad del control en espacios abiertos, a través del marketing, el endeudamiento, el consumo y los psicofármacos, la empresa en lugar de la fábrica, los sistemas computerizados en vez de las máquinas simples. Pero en la zona del no-ser, esos mecanismos no tienen resultados, entre otras razones porque predominan relaciones heterogéneas respecto a las hegemónicas, donde los valores de uso tienen mayor incidencia que los valores de cambio. 

En ese sentido, Deleuze asegura que “el hombre ya no está encerrado sino endeudado”, pero advierte que el mecanismo del endeudamiento no sirve para las dos terceras partes de la humanidad, “demasiado pobres para endeudarlas, demasiado numerosas para encerrarlas”, y que la sociedad de control necesita crear mecanismos para afrontar “los disturbios en los suburbios y guetos”[11]. A ellos se les debe aplicar tanto el estado de excepción como el encierro a cielo abierto, ya que por razones estructurales no son integrables ni endeudables.

Creo que la acumulación por despojo en la zona del no-ser, debe ser nombrada de otro modo, porque afecta directamente la vida de millones de indígenas, negros y mestizos, campesinos sin tierra, mujeres pobres, desocupados, trabajadores informales y niños de las periferias urbanas. Ellos y ellas están sufriendo lo que el EZLN ha definido como Cuarta Guerra Mundial. Como en todas las guerras, se trata de conquistar territorios, destruir enemigos y administrar los espacios conquistados subordinándolos al capital:

La Cuarta Guerra Mundial está destruyendo a la humanidad en la medida en que la globalización es una universalización del mercado, y todo lo humano que se oponga a la lógica del mercado es un enemigo y debe ser destruido. En este sentido todos somos el enemigo a vencer: indígenas, no indígenas, observadores de los derechos humanos, maestros, intelectuales, artistas. (Subcomandante Marcos, 1999).

La novedad de esta nueva guerra es que los enemigos no son los ejércitos de otros estados, ni siquiera otros estados, sino la propia población, en particular aquella parte de la humanidad que vive en la zona del no-ser. En suma: acabar con los pueblos que sobran, desertizar territorios y luego re-conectarlos al mercado mundial. Los modos de eliminar a los pueblos no son necesariamente la muerte física, aunque esta va sucediendo lentamente mediante la expansión de la desnutrición crónica y las viejas/nuevas enfermedades, como el cáncer que afecta a los millones expuestos a los químicos de los monocultivos y de la minería.

Cuando nombramos el sistema actual como guerra contra los pobres o contra las y los de abajo, algunas realidades se van ordenando. En este sentido, encuentro algunas similitudes entre los análisis de Segato y los del zapatismo, en particular cuando se abordan los cambios estructurales en el sistema, donde la violencia dejó de ser episódica: “El crimen y la acumulación de capital por medios ilegales dejó de ser excepcional para transformarse en estructural y estructurante de la política y la economía[12].

La acumulación de capital realmente existente en la sociedad actual, es criminal, atenta contra la vida de las personas. Esta nueva modalidad del capitalismo ha transformado todo, incluso las guerras que tienden a ser permanente, “su meta no es la paz”, se convierte en “una forma de existencia” y para la potencia hegemónica son “su última forma e dominio” (Segato, 2016: 57). En su caracterización de este tipo de guerras, la autora utiliza los términos de “rapiña” y “guerra despojadora y lucrativa”, que ya no responde a la guerra convencional entre Estados nación como sucedió a lo largo del siglo XX.

Segato incluye entre las formas o modalidades de este nuevo tipo de guerras al crimen organizado y los grupos paramilitares o paraestatales, que participan en guerras informales. Este es el contexto de los feminicidios, que no son crímenes de odio sino de poder. Por eso sostiene que los cuerpos de las mujeres son “el bastidor en el que la estructura de la guerra se manifiesta” (Segato, 2016: 61). Asegura que no es una violencia contra un guerrero enemigo, sino contra cuerpos frágiles, en los cuales se concreta “la amenaza truculenta lanzada a toda la comunidad” (ídem).

Resumiendo: una economía convertida en un orden mafioso, de rapiña, como parte de una guerra informal perpetua para asegurar el poder de los poderosos, toma a los cuerpos frágiles (mujeres, pero también niñas y niños, pueblos originarios y afros), como objetivos militares para advertir a la sociedad que sólo le queda el camino de la sumisión, o de la muerte.

El concepto de mandato de masculinidad lo formuló Segato en Buenaventura, puerto de la costa del Pacífico de Colombia, cuando mujeres negras le preguntaron cómo se  hace para poner fin a la guerra y la violencia. “Desmontando el mandato de masculinidad”, fue su respuesta. En un régimen neoliberal donde predomina la precariedad (no sólo laboral sino en todos los aspectos de la vida), el varón no puede cumplir ese mandato y reacciona de forma violenta contra las mujeres, y los niños. Por esos los considera crímenes de poder.

En esta guerra por el control de vidas y territorios, el cuerpo “es la forma última de control”, en un sistema que ha transitado de la disciplina de los cuerpos a su control absoluto[13].

Democracia o campo de concentración

La pregunta que quiero abordar es: ¿qué régimen político corresponde, en América Latina, a la acumulación por despojo/cuarta guerra contra los pueblos? Entiendo que la militarización no es causa sino síntoma de lo que sucede en el mundo y en cada país. Las razones que llevan al control policial-militar de nuestras sociedades hunden sus raíces en los intentos del gran capital para perpetuar su poder, en un período en el cual ese dominio ha sido puesto en cuestión, en particular desde la revolución mundial de 1968[14].

Para responder la pregunta sobre el régimen político, me parece necesario trasladarnos a los escenarios urbanos actuales: la favela La Maré en Rio de Janeiro, la comuna Noroccidental en Medellín, delegaciones del sur de Ciudad de México como Iztapalapa, o cualquier periferia urbana de las grandes ciudades latinoamericanas.

Una observación somera nos dice: son áreas en las que predomina la precariedad, barrios, viviendas y servicios precarios para personas que viven vidas inseguras, inestables y, a menudo, efímeras. Las calles son irregulares y agrietadas, la basura se amontona en las aceras, casi no hay edificios estatales de gran tamaño, pero sobresalen los templos evangélicos, amplios y luminosos, con músicas estridentes. En las esquinas se pueden ver pequeños grupos de jóvenes que observan y mantienen el control de la calle. Según los lugares, están relacionados con el narcotráfico y las milicias paraestatales.

Se instala un control total, minucioso pero a la vez difuso. Quiénes entran y salen del territorio, qué hacen y cómo. Los comercios y transportes deben pagar una cuota-impuesto al tráfico o a las milicias para trabajar “seguros”; para aparcar el coche sin sufrir robos o daños; para cualquier actividad económica hay que pasar por el control de un “ellos” nebuloso, que no amenaza de forma directa pero resulta omnipresentes porque sus integrantes viven en el territorio que controlan. Si alguien hace ruido hasta muy tarde en una fiesta familiar, los chicos le golpean la puerta como advertencia. Una observación permanente, un panóptico capilar a cielo abierto.

¿Cómo podemos denominar esta realidad territorial? Es un campo de concentración sin alambradas ni torres de control materiales, aunque sí virtuales. “Es una porción del territorio que se sitúa fuera del orden jurídico normal, pero que no por eso es simplemente un espacio exterior”[15]. El campo es la materialización del estado de excepción, el hecho más importante de la modernidad, donde son recluidos aquellos que no tienen lugar en el sistema: mujeres y niños pobres, pueblos originarios y negros, sectores populares de la ciudad y del campo.

El campo tal como lo conocemos en la actualidad, fue parido por el neoliberalismo/acumulación por despojo/cuarta guerra mundial. Es el territorio donde “cualquiera puede matarte sin cometer homicidio”[16], por pertenecer a una de las categorías desechables. Una frase resume esta forma de dominación de los cuerpos y la vida: “El campo de concentración y no la ciudad es hoy el paradigma biopolítico de Occidente”[17].

Dicho de otro modo, el campo es la forma de dominación que corresponde a los territorios de la zona del no-ser bajo la cuarta guerra mundial.  La democracia no existe, se trata de un sistema electoral que permite elegir quiénes dirigen el campo, cuya realidad nunca es posible ponerla en cuestión, porque configura el modo de dominación. El campo de concentración es el complemento del extractivismo, ya que confina en su interior a aquellos que –por su lugar en la geografía del despojo– son obstáculos para el capital. Los aparatos armados estatales tienen una relación fluida con las milicias paramilitares y con los narcotraficantes.

En contra de un cierto sentido común, exacerbado por los medios, que habla de “Estados fallidos” o la infiltración del crimen en el aparato estatal, Segato enfatiza en “la captura del campo criminal por el Estado, la institucionalización de la criminalidad”[18]. Los trabajos de campo avalan esta percepción de la antropóloga. 

El periodista Oswaldo Zavala sostiene que existe un control del sistema político mexicano sobre el crimen organizado, que resultó sometido a su estructura de poder. El sistema político “sometió de forma absoluta al crimen organizado, limitando sus los lugares de operación a ciudades específicas, determinando sus rutas de tráfico, y todavía más importante, marginándolo del poder político, civil y militar” (Zavala, 2018: 20).

Por otro lado, la investigadora Dawn Paley destaca la existencia de un hilo rojo entre la acumulación de capital y el crimen organizado. Sostiene que la guerra contra las drogas intenta resolver los problemas de largo plazo del capitalismo, forzando la apertura de territorios antes cerrados al capitalismo global (Paley, 2018). Esta guerra contra pueblos y poblaciones busca desplazar comunidades y la apropiación de bienes comunes que esas mismas comunidades protegen y evitan su destrucción.

De este análisis se deriva que los movimientos emancipatorios no podrán volver a utilizar las instituciones a su favor, ya que les permitirán ocuparlas o permitir que neutralicen sus inclinaciones anti-populares y mafiosas. El análisis y el debate sobre la violencia estructural en el sistema-mundo actual, debería ser un insumo para los movimientos que pretenden trascender este mundo de violencias y opresiones.

Notas

[1] Harvey, 2004.

[2] Fanon, 2011.

[3] Zibechi, 2016.

[4] Colectivo Voces en Alerta, 2011: 12.

[5] Ídem: 15.

[6] Giarraca y Hadad, 2009: 239-240.

[7] Agamben, 2004.

[8] Bebbington, 2007.

[9] Grosfoguel, 2012.

[10] Agamben, 2004: 25.

[11] Deleuze, 1996: 284.

[12] Segato, 2016: 76.

[13] Segato , 2016.

[14] Zibechi, 2018.

[15] Agamben, 2003: 216.

[16] Ídem: 233.

[17] Agamben, 2003: 230.

[18] Segato, 2016: 72.

Bibliografía

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Grosfoguel, Ramón. “El concepto de «racismo» en Michel Foucault y Frantz Fanon: ¿teorizar desde la zona del ser o desde la zona del no-ser?”, Tabula Rasa, Bogotá – Colombia, No.16, 2012: 79-102.

Harvey, David. “El ‘nuevo’ imperialismo: acumulación por desposesión, en Socialist Register 2004 El nuevo desafío imperial (Consulta: 7 de noviembre de 2019).

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Segato, Rita. La guerra contra las mujeres, Madrid, Traficantes de Sueños, 2016.

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Zavala, Oswaldo. Los cárteles no existen, México, Malpaso, 2018.

Zibechi, Raúl. “El extractivismo es una guerra contra los pueblo”, Hora 25, Nº 122, La Paz, diciembre, 2016, pp. 12-14.

Zibechi, Raúl. Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías, Lima, PDTG, 2017.

Zibechi, Raúl. Los desbordes desde abajo. 1968 en América Latina, México, Bajo Tierra, 2018.


Autor

Raúl Zibechi es un educador popular, escritor y periodista nacido en Montevideo, Uruguay. Acompaña movimientos sociales latinoamericanos en tareas de formación y debate. Ha publicado veinte libros y cientos de artículos sobre la acción colectiva. Entre ellos, Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías (2015) siendo su última publicación Nuevas derechas, nuevas resistencias (2019).

Dirección: Calle 20 de Septiembre 1454/008. Montevideo. 11600. Uruguay.